jueves, 3 de marzo de 2016

Truman

Truman



Dirigida por Cesc Gay (catalán transgresor) Truman ilumina el oscuro camino de la despedida.
El personaje que interpreta Darín (la pantalla lo ama siempre y compone a pesar de esto) es un actor argentino que hace años vive y trabaja en España. Divorciado, vive son Truman, su perrazo bueno.
Está enfermo, ya se aburrió de la lucha contra un cáncer que lo invade, y decide terminar con todo.
Baja los brazos, no quiere crueldades ni miserias.
Quién no lo pensó alguna vez?
En eso de poner en orden sus cosas, todas, se pasa 4 días con su amigo del alma, a manera de despedida final, que viene de Canadá a visitarlo.
Entre todo lo que tiene que poner en orden está la futura casa de Truman, como un hijo para él, ya que lo acompañó todos los años de soledad tras su divorcio.
Hasta acá la trama, la excusa, la linealidad de los acontecimientos.
Lo que la película entrega, además de un duelo actoral de una sutileza y gusto exquisitos, es una mirada inteligente, sin golpes bajos, sin melodrama, de la proximidad de la muerte y la despedida y el camino.
Nada más que eso.
Y nada menos.
Para hacerlo el director indaga la intimidad de la relación de amistad entre dos hombres distintos pero amigos.
De pocas palabras, de mucha mirada, de no animarse a decir un te quiero a tiempo. 
Pero también de vivencia, y de no necesidad de lenguaje para intermediar sentimientos.
Esa es la clave de esta película en clave íntima.
Sostenida también en una banda de sonido de guitarras suaves y rock nacional, de Madrid como escenografía y de una pareja de actores (Darín y un destacadísimo Javier Cámara)  secundados por Dolores Fonzi y Truman (el perro Troilo).
Se puede contar esta historia de mil maneras con el riesgo de sobreactuar, de interpretar, de juzgar.
Gay eligió una muy bella, a partir de la amistad entre hombres y la preocupación por el perro y su cuidado.
Y es una buena elección.
El único golpe innecesario de la película es la escena de sexo entre Fonzi y Cámara.
La hubiera obviado y hubiera mantenido esa sutil danza de miradas entre ellos, que igual hubiera servido.


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