lunes, 14 de marzo de 2016

Youth

Youth



Paolo Sorrentino es el artífice de una de las películas más bellas, más poéticas y más desgarradoras de los últimos años del cine italiano, La Grande Bellezza.

Entonces, como pasa cuando un director nos deslumbra, esperamos su próximo título con el secreto deseo de volver a vibrar.

A veces pasa.

No esta vez.

Y es una pena. Porque Youth (Juventud) es bellísima, es poética, es extraordinaria desde la composición y los matices, pero no alcanza a transmitir más que sensaciones y colores.

Lo que no es poco.

Si no fuera porque en el cine también se cuentan historias.

En esta la excusa es una semana en un exclusivo hotel de los alpes suizos, adonde encontraremos a un viejo director y compositor clásico (siempre es bueno volver a ver a Michael Caine) en el ocaso de su vid, o en el aparente ocaso de su vida.

Su hija, la encantadora y siempre hermosa Rachel Weisz, un director y escrirtor de cine veterano, compuesto por Harvey Keitel, un actor famoso componiendo su próximo personaje encarnado por Paul Dano y un increíble Diego Maradona en la panza enorme de Roly Serrano.

Todos ellos juntos en el medio de baños termales, masajes, comida, y música nocturna.

Bucólico, sofisticado, todo ese ambiente, ese entorno mágico de la montaña y sus colores y sus silencios, es el escenario que pinta con inigualable belleza Sorrentino.

Como hizo con La Grande Bellezza, aquí también veremos por los ojos del personaje principal, que en aquella fue Jep Gambardella y en Youth será el director encarnado por Caine (hasta con un look parecido entre ambos).

Pero esa cadencia, esa belleza, ese ambiente y esos colores, si bien penetran en el alma y son hermosos (cuadros increíbles de armonías, músicas y mujeres hermosas como nadie puede retratar) no parecería estar al servicio de un guión que vaya más allá de los golpes de efectos.

Todos buscan algo en ese lugar lejano. Escapan, componen, crean, olvidan. Todos tienen algo en común que no logra salir porque lo que sobra es silencio.

El desafío para los que miramos es ir descubriendo qué.

De lo que no podremos escapar es de las mil maneras que encontraremos en el filme, sutiles, brutales, divertidas, penosas, de darnos cuenta del paso del tiempo.

De la vejez.

En las reflexiones del dúo Keitel, Caine, caminando entre flores, en los sinsabores de sus momentos más íntimos y en eso reflejos de pieles gastadas que veremos en toda la película.

Caine reflexiona con relación a los afectos " las pequeñas cosas, los pequeños esfuerzos que vamos haciendo todo el tiempo con el secreto deseo de que el otro los recuerde. Son un tremendo esfuerzo, con un resultado modesto"

El guión está construido alrededor de reflexiones de profundidad parecida, pero no llega a hilvanar una historia, aunque conmueva.


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