martes, 24 de marzo de 2015

Whiplash

Whiplash



Talento o trabajo? Se puede lograr lo inesperado solo con confiar en el don, o es necesario sangrar, dejar la vida y llevarnos al límite de lo físico y lo emocional para lograr que el artista saque aquel plus que lo hace distinto?
De eso va Wiplash. Y está bien como reflexión.
En la música, el talento está o no está, pero la magia, el plus que hace que alguien se convierta en Davis, en Coltrane, en Mingus, parece venir de otro lado.
Un joven aspirante a baterista enrolado en una prestigiosa escuela de música emprende ese difícil camino de convertirse en algo más que un músico de sesión, quiere convertirse en póster, en tapa de disco, en un distinto. Y está dispuesto a todo para lograrlo.
A sangrar, a enfrentar a su familia que no termina de entenderlo, a renunciar al amor de la chica que le gusta, solo para estar más horas intentando lograr el doble swing soñado, el tempo perfecto, la virtuosidad.
La vara es alta, pero no es altísima, es un profesor de esa casa de estudios, famoso por su mal humor y su impaciencia, pero que en el fondo es solo eso, un profesor exigente. Un malnacido que se empecina en el método del escarnio diario, del sacrificio extremos, del ahogo, de la violencia emocional y física.
Los genios son genios cuando un hecho inesperado, una pirueta del destino, un límite cruzado con maestría, los hace recibir de genios.
Y parece ser, al menos esa es la teoría que abona la película, que ese momento de iluminación, de epifanía, llega siempre de manera tumultuosa, tortuosa, compleja.
Ese es el clima que se respira en toda la película.
Opresión sin límite.
Cansancio que se sobrepone y más violencia.
Buen trabajo de JK Simmons, a quién hemos visto haciendo tantos buenos roles secundarios, entrañables, complejos, y que encarnando al señor Fletcher sobresale por su equilibrio emocional delicado y su particular manera de ver al talento y hacerlo salir de los talentosos.
Está bien la película, pero no es un relato ni abundante en sorpresas cinematográficas ni en grandes desplazamientos.
Es más bien una película de “cámara”. Un duelo permanente de actores, de actuaciones, de situaciones que tironean todo el tiempo alrededor de la pregunta básica.
El trabajo como pilar del arte.
La dedicación, el sacrificio extremo.
No hay espacio para gozar.
Hay espacio para la violencia psicológica, la traición y la desdicha.
Hasta ese final inesperado, nada sorpresivo, pero inesperado, en el que el profesor parecerá tener razón. El mejor solo saldrá de un hecho desgraciado y una traición exrtrema.

Hay que seguir al joven Miles Teller.

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