jueves, 28 de enero de 2016

No Escape

No Escape



Owen Wilson es un viejo conocido en la comedia, entrañable a veces con su nariz partida y sus voces de tipo bueno y querible. Buen padre, buen dueño de perro (nota para cinéfilos), entonces, cuando lo vemos sufrir, cuando nos damos cuenta que no va de comedia la cosa, nos pasa lo mismo que cuando vimos a Francella en El Secreto de sus Ojos, nos parece una cosa seria.

Y si, No Escape es eso, una cosa seria.

Una familia americana, viaja a un país lejano lejano asiático en busca de futuro laboral. Nada raro hasta ahí. Tercer mundo, cuarto mundo para gringos que todo lo que no sea Wall Mart les parece exótico.

Van los cuatro, papá Owen, mamá Lake Bell (muy bien) y sus dos pequeñas hijas.

Cuando llegan todo les parece un poco bizarro, desde el ocasional compañero de viaje (Pierce Brosnan) y su chofer nativo, hasta el hotel al que llegan y en el que nada funciona.

Pero a la mañana, dispuesto a caminar varias cuadras para comprar un diario en inglés y mientras espera que alguien de su empresa lo venga a buscar, papá sale a caminar y a los pocos pasos se desata una guerra, que descubrirá que lo tiene como un protagonista central, y en la que la espiral de violencia callejera, urbana, salvaje que se desata nos hace saltar de la silla.

No hay otra manera de explicar la locura fanática que con la crueldad de las imágenes y las sensaciones que la película desarrolla.

Una verdadera coreografía de la maldad, y en medio de todas esa locura, como en las películas de Hitchcock en las que una persona normal, se ve envuelta en una espiral de cosas que no puede manejar y se complican segundo a segundo, una familia que debe hacer cosas tremendas (tre men das) por salvar su pellejo.

Mucha tensión, adrenalina, momentos en los que preferiremos no mirar la pantalla, para esta historia simple, nada ambiciosa, que nos atrapa de entrada.

Atrapante. Sencilla, pero atrapante.

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