sábado, 17 de abril de 2010

The soloist


Es una de esas películas que si se hubieran filmado en Europa serían fantásticas, si las hubiera hecho un Checo super aburrida, y narrada por la industria, uno se queda siempre con ese sabor amargo que dejan los lugares comunes.
Nunca en el relato, llegamos a saber por qué el chelista callejero es un chelista callejero.
Sabemos que es un virtuoso, sabemos que tiene voces interiores que no lo dejan en paz (quién no?) y sabemos que no mira a los ojos. Pero nunca, ni con esforzados flashbacks ni con intuiciones o marcas del guión, vamos a develar qué le pasó en su atormentada adolescencia negra como para seguir el juego.
Por lo demás, Robert Downey Jr. es sólido como siempre, conmueve, le quedan muy bien los roles en los que está caminado en una cornisa emotiva, que lo hace ver con sus venas del cuello y la frente hinchadas por la pasión. es un buen interprete, no hay dudas de eso.
Jamie Foxx, compone otra vez a un músico (lo había hecho magistralmente en Ray) y también esta vez es un virtuoso con una turbulenta vida interior. La macana de esta vuelta, es que también tienen que recurrir a una máscara demasiado pretenciosa, y en este caso, los exagerados (pero efectivos) mohines de Ray Charles, se transforman en una vestimenta, un corte de pelo, una forma de hablar y una mirada perdida demasiado tiempo.
Uno es exigente con estos papeles, que tienen que ser trabajados muy desde lo interior para no caer en una caricatura.
Completan en cuadro (muy de atrás también esta vez) una hermosísima Catherine Keener. Sólida, melancólica, comprensiva, y hermosa. Una de esas actrices que no defraudan y están a la altura de todos sus desafíos, como Laura Lienney.
Downey es un cronista de un gran diario, que escribe crónicas de la ciudad, que van en tapa. Es una estrella, es solitario y genial, y tiene la suerte de encontrarse, en una de sus rondas en búsqueda de historias, con Foxx, que ataviado como un lunático, toca un violín de una sola cuerda.
Hasta acá nada que no se pueda ver en Florida después de las 7 de la tarde.
Cuando decide que esa será su historia de tapa, que se convertirá en un libro, en un premio profesional, en obras anunciadas por el alcalde y en su historia más humana, es cuando la película se pone interesante. En cada uno de esos que vemos desde la ventanilla del colectivo, en el andén del subte, escuchando música a todo volumen en el auto de al lado, en cada uno de esos seres sin nombre, hay una historia que puede ser contada.
Descubrir esa historia, seguirla, mimarla, es lo que hace que unos cuantos minutos de esta película merezcan la pena.
Hay un escenario que se intuye y no se muestra (la ciudad de Los Ángeles) como escenografía y una banda de sonido de cuerdas permanentes, de furia, de melancolía y de amistad.
Es una película de momentos bien logrados, de baches narrativos y de interpretaciones sólidas, que están muy al límite de los estereotipos, pero que zafan (sobre todo por el lado de Downey y Keener).
Cuántas películas que abordan el tema de la locura, la creación y don artístico!
Y cuán poca luz que se hecha sobre esa magia.
Hay algo de todopoderoso en el periodista (demasiado parecido a la realidad?) y un momento, un seco momento, en el que se da cuenta que la historia de papel le afecta demasiado la vida, y que quizá ya sea demasiado tarde para tomar distancia.
Se puede ver.
Nada más que eso.
Y está Beethoven, claro, y algunos pasajes de su cosecha, que van muy bien como banda de sonido de una Los Ángeles desalmada, la Los Ángeles de los 90.000 sin techo.

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